Agua en el campamento de refugiados de Nduta, Tanzania

Esta es la historia de una mujer valiente: una madre que huyó desesperadamente de la violencia del país para proteger a su bebé cuando todavía no había nacido. Caminó, embarazada, día y noche, a través de un terreno duro y peligroso, desde su pueblo, en Burundi, hasta llegar al campo de refugiados de Nduta, en Tanzania. Su nombre es Godeberite.

Tratando de dejar atrás el conflicto que amenazaba su vida, Godeberite se enfrentó a muchos peligros, pero llegar a un campo de refugiados era su única esperanza para sobrevivir. Finalmente lo consiguió, y logró también dar a luz a su bebé. Afortunadamente, Victor nació bien.

Pero la vida es difícil en un campo de refugiados. Con solo un poco de comida cada día, sin ingresos, sin formación, sin trabajo…, la vida de Godeberite, como la de más de 55.000 personas refugiadas en Nduta, es terriblemente dura. Y su futuro, muy incierto. El campo está en los límites de su capacidad, cada vez llegan más personas y las raciones de alimentos de subsistencia apenas sirven para sobrevivir. “Cuando llegué aquí, estando embarazada, la situación no era buena para mí; solo podían darnos maíz o judías para comer, la dieta no era equilibrada. A las mujeres embarazadas también nos daban leche, pero como todo estaba abierto, a veces me la robaban”, nos cuenta. “No podemos comprar la comida que queremos. Acabamos comiendo solamente lo que nos pueden dar: judías, harina de maíz y guisantes. Y a menudo esto no es suficiente. Como familia, te dan una ración que se supone que debe durar un mes pero que al cabo de dos semanas ya se ha consumido. Cuando te quedas cinco días sin comida, lo pasas muy mal”.

Refugiados Tanzania

Oxfam está desarrollando un intenso trabajo en los campos de Nyarugusu y Nduta. Trabajamos junto con una organización tanzana de gran experiencia llamada TWESA (Tanzania Water and Environmental Sanitation). El trabajo que hacemos incluye la provisión de todas las instalaciones de agua y saneamiento y la promoción de medidas de higiene, con las que estamos llegando a 137.000 personas. Además, facilitamos programas de alimentación de emergencia y medios de vida para las personas más vulnerables. Hemos perforado pozos. Hemos instalado grandes infraestructuras de purificación para tratar el agua del río, tanques de agua, cientos de bases de grifos y lavaderos. También hemos puesto sanitarios y baños para cada cuatro familias, para impedir la propagación de enfermedades. Y continuamos repartiendo kits de higiene y limpieza ambiental, organizando formaciones de aseo e instalando letrinas adecuadas para los niños.

Pero hacemos mucho más que proporcionar el agua. Nuestra labor ayuda a las comunidades refugiadas a ser más independientes ofreciéndoles formación para generar ingresos por sí mismos. Es el caso de Aline, otra madre refugiada, que en el campo de Nyarugusu ha aprendido técnicas básicas de panadería en un grupo apoyado por Oxfam. “Nos enseñaron a hacerlo todo. Yo sabía muy poco de panadería antes. Al cabo de un tiempo, empezamos a ganar dinero y logramos beneficios. Nos hizo muy felices”. Además, se han formado lazos de amistad y ayuda mutua entre las mujeres que han participado en esta formación: “Nos damos esperanza unas a otras”, dice Aline. “Tengo otras amigas en el campo, pero las mujeres de la panadería son mis amigas más cercanas”, afirma con seguridad. Dar posibilidades a mujeres como Godeberite y Aline supone un cambio importante en sus vidas; permite que sus familias vivan mejor y les devuelve algo de dignidad. “Me gasté el dinero en el mercado. Compré unas cuantas cosas para los niños y algo de comida. Desde ese día pudimos comer cosas diferentes y eso fue una gran alegría para los niños”, explica Aline. Aline llegó al campo en mayo de 2015. Es la segunda vez que ha tenido que huir de Burundi. “Vinimos de noche. Nos dieron comida, dos mantas y una pequeña tienda para siete personas. Hacía frío, pero como refugiados ya nos hemos acostumbrado a él. Durante tres meses estuvimos en un refugio masivo, durmiendo en esterillas. Era difícil cambiarse, no teníamos ninguna intimidad. Nos daba miedo salir por la noche si no era con compañía, porque nos dijeron que había habido violaciones.” Gracias a una reubicación en el campo y al hecho de poder trabajar, su vida ha cambiado mucho en los últimos tiempos.

El trabajo que llevamos a cabo ofreciendo medios de vida sostenible es fundamental para las personas más vulnerables, que ven que su situación podría convertirse en permanente. Cada día llegan unos cien refugiados. La intensidad y repetición de los conflictos al otro lado de la frontera nos hace temer que la situación pueda alargarse demasiado, e incluso convertirse en permanente, para muchas personas que la sufren. Por eso necesitamos mantener el apoyo para dar una respuesta vital a estas personas que, tras perderlo todo, tras dejar su vida atrás, quieren seguir trabajando, necesitan seguir viviendo. Personas como Godeberite, como Aline y como sus bebés. Para que dejen atrás un pasado de sufrimiento y puedan empezar a afrontar, con esperanza, el futuro.

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